viernes, 24 de junio de 2011

Con atencion y cautela se puede

Hay que aprender a amar. Así nos pasa con la música: primero, hay que aprender sencillamente a oír una figura y una melodía, a sacarla con el oído, a distinguirla, a aislarla y delimitarla como una vida en sí misma; después, se requiere esfuerzo y buena voluntad para soportarla aunque nos resulte extraña, ejercitarse en la paciencia con su mirada y su expresión, en la suavidad de corazón con lo que tiene de caprichosa: y al final llega un momento en el que nos hemos acostumbrado a ella, en el que la esperamos, en el que entrevemos que la echaríamos de menos si faltase; entonces ella obra su coacción y su encantamiento mas y mas, no ceja hasta que nos hayamos convertido en sus humildes y embelesados amantes, que ya no quieren de cuanto encierra el mundo otra cosa qe música. Pero eso nos ocurre no solo con ella: justo así es como hemos aprendido a amar todas las cosas. Al fin y al cabo, nuestra buena voluntad, paciencia, equidad, suavidad de ánimo con lo ajeno siempre obtienen recompensa: se despoja lentamente de su velo y se presenta como una nueva e inexpresable belleza, y ese es su agradecimiento por nuestra hospitalidad. También, quien se ama habrá aprendido a hacerlo por esta vía: no hay otra. El amor hay que aprenderlo.

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